Los pasados 6 y 7 de junio no los vamos a olvidar fácilmente. Mientras la ciudad se preparaba para la llegada del Papa León XIV, en la parroquia San Francisco de Borja decidimos que nuestra mejor manera de sumarnos a la causa era haciendo lo que mejor sabemos hacer: lograr que los peregrinos se sintieran como en un hogar de paso, estando listos para atender y cuidar a quien lo necesitara.
No fuimos los únicos, ni mucho menos; fuimos una pequeña pieza más dentro de toda la red de acogida de la ciudad, pero para nosotros, aportar nuestro granito de arena lo cambió todo.
Fueron horas intensas que comenzaron el sábado por la mañana y se prolongaron hasta el domingo por la mañana. Entre trabajadores y varios voluntarios de la comunidad jesuita, nos organizamos como pudimos para que a nadie le faltara de nada.
El goteo de personas fue constante desde las primeras horas del sábado. Algunos peregrinos llegaban cargados de mochilas e ilusión, listos para quedarse a dormir en los espacios que les habíamos preparado; otros, simplemente pasaban por aquí exhaustos, buscando un rincón donde sentarse, beber un poco de agua, reponer fuerzas y continuar el camino hacia el evento.
Al final, no solo les ofrecimos un techo o un vaso de agua; compartimos con ellos la emoción de un momento histórico y la belleza de la hospitalidad más pura. Nos unimos a la causa con lo que teníamos, y nos quedamos con el corazón lleno y la certeza de que, fuimos familia para los que estaban lejos de casa.
Un enorme agradecimiento a los voluntarios que, con la mejor sonrisa, lo dieron todo en estos días tan intensos.
¡Gracias por vuestro servicio, entrega y vocación!








