La esperanza ha sido el hilo conductor de nuestra celebración del Triduo Pascual este año. A lo largo de toda la Semana Santa hemos podido ir celebrando y viviendo con hondura y sentido estos días, combinando las celebraciones de los oficios, cuidadas y llenas de detalles en las tardes, y las mañanas en que pudimos tener momentos de oración e introducción del día.
El Miércoles Santo por la tarde, Pablo Guerrero presidió la celebración comunitaria de la reconciliación, que pudo ser un pórtico para que una buena cantidad de personas pudieran acoger la misericordia y disponerse para las celebraciones del triduo. Un numeroso grupo de sacerdotes le acompañaron para poder ofrecer el momento de confesión personal.
El Jueves Santo por la mañana, José María R. Olaizola fue el encargado de introducir el día, como haría en las mañanas de viernes y sábado. Lo hizo proponiendo un pregón titulado «Jueves Santo. Siete palabras para la esperanza». Por la tarde Fonfo Alonso-Lasheras presidió los oficios. Como ya es tradición en la parroquia, una larga mesa nos ayudó a ambientar una celebración que sería evocadora de la última cena. Un grupo muy representativo de la variedad de personas implicadas en la parroquia estuvieron ayudando, participaron en el lavatorio de los pies y con su presencia ayudaron a evocar la última cena. Cerramos ese primer día con una hora Santa serena, donde la música y las palabras guiadas por Sergio Gadea ayudaron a acompañar al Señor en Getsemaní.



El Viernes Santo comenzó con el Via Crucis. Hicimos juntos un recorrido por las esperanzas que se ponen en juego en ese camino de la cruz. Pero también por las desesperaciones, las heridas y los miedos. Las imágenes del Via Crucis de Klenk fueron un sobrio acompañamiento. Por la tarde, la memoria de la Pasión la guió Pablo. Nos invitó a asomarnos a la esperanza que nace de la cruz. Quizás el momento más especial fue la adoración de la cruz, pues este año por primera vez decidimos hacerlo en la misma cruz gigante que es retablo de la Iglesia. En una tranquila procesión las más de mil personas que abarrotaban el templo fueron subiendo para poner a los pies de esa cruz sus propias vidas. Familias, parejas, ancianos, jóvenes, todos, en un templo tenuemente iluminado, mientras el canto acompañaba.



La mañana del Sábado Santo, de nuevo tuvimos ocasión de meditar de un modo orante sobre el sentido del día. En esta ocasión se propuso la reflexión sobre «Los siete silencios de María». La tarde fue tiempo en el que muchos se dedicaron a preparar la vigilia, y fue en estas ocasión José Mari quien presidió la Vigilia Pascual. Una celebración preciosa, llena de gestos, luz y agua, palabra y canto, la mesa compartida, la alegría por lo que todos celebrábamos. Una mirada a la vida que se nos ofrece, invencible, al poner la esperanza en Jesús.
Muchas gracias a tantísimas personas que, de muchos modos, hacéis posible estas celebraciones. Por tanta preparación, tanto cariño y tanta respuesta. A la comunidad SJ donde tantos pequeños servicios son imprescindibles para que todo fluya. Especialmente gracias a los jóvenes de los grupos Borja, que desde el coro y la preparación acompañan todos los momentos de la Pascua, con seriedad, dedicación y hondura. También a las familias de misa de niños, que apoyan. A los ministros de la parroquia que se ofrecen para estar al quite, y no dejan de estar presentes y servir con la lectura, la participación en distintas dinámicas y lo que haga falta. Nos quedan como recuerdo la vivencias de cada uno, la celebración comunitaria, los marcalibros con los que al final de cada celebración se entregaba el poema-oración leído ese día, y las ganas de seguir cuidando estos espacios de todos.














